El día 4 fue un día de despedida, me cambiaban de compañero, y aunque el que entró era un gran tipo no establecimos el lazo que establecí con Fernando.
Me hicieron alguna que otra prueba y pasaron muchas horas sin demasiado ajetreo.
Sin embargo, por primera vez a la noche me derrumbé, mientras tenía la vía cogida y me iba entrando la medicación rompí a llorar, abracé a mi padre y aunque no os lo creáis, creo que nunca me he sentido más protegido.
Tenía miedo, mucho miedo, y tenía agobio guardado dentro que tenía que salir por algún lado. Ese lado fueron las lágrimas. Había otras dos personas en la sala de visitas en la que estaba yo y les pedí perdón.
Una de ellas era una señora mayor que hacía sudokus, y me dijo, «hijo, no te preocupes, yo soy la primera que ha llorado, he tenido dos ictus. Me salen tumores con frecuencia y tengo lupus. Tengo más de 80 enfermedades. Es normal venirse abajo de vez en cuando»
¿Cuando te dicen algo así que puedes responder? Yo trate de dejar de llorar, pero no de abrazar a mi padre. Me pusieron la segunda dosis de medicación intravenosa y estuve un rato hablando con la señora; poco después me fui a la habitación y me dormí; como siempre después de un beso de uno de esos héroes que no llevan capa. Los padres.
En mi caso ha habido 4 superhéroes. Mis hermanas, mi madre y mi padre. Han estado ahí día tras día, momento tras momento, llorera tras llorera, bajón tras bajón y subida tras subida. Así que familia, se que ya lo sabéis, pero sin vosotros; yo no soy nada.