Nunca me había pasado. Es posible que a ti tampoco. Sin embargo, un día viene y te toca al timbre como si fuese un amigo de toda la vida. Te atrapa en sus garras y es entonces cuando estás bien jodido.
Hablemos de estrés, de agobio y de salud mental.
La cuarentena está siendo mucho más larga de lo que en un principio creímos que sería. Los días han ido pasando y con ello han sido más y más los vídeos que se han subido a redes sociales, los posts y las stories que te decían cómo ser más productivo. Cómo hacer más. Y es que, parece que en esta cuarentena lo único que hemos de ser es productivos. Trabajar más y trabajar mejor. Estudiar más horas, más intensas y aprender mucho más.
Yo fui el primero que dijo que había que aprender, que había que estudiar. Tenía tantas ganas de comerme la cuarentena que acabé por atragantarme. Acabe por llenarme de estudios y de asignaturas hasta perder mis horarios.
Claro que no es algo que pasa de repente. Te prometes que cada día a las 20h dejarás de estudiar. Un día en vez de ser las 20 son las 20.30 pero es que tienes que terminar este escrito. Al día siguiente te dan las 21. Venga Guille acaba. Total, esta página es ya la última que te queda por hoy. Una semana después la hora en la que realmente estás dejando de estudiar son las 9.30 y sin saber bien cómo ni porqué pocos días después acabas cenando en tu habitación con el Excel abierto en medio de una videollamada de trabajo.
Poco a poco vas viviendo menos para producir más. Para cuando quieres darte cuenta estás envuelto en un círculo vicioso de agobio, de dormir mal porque no consigues desconectar y sobre todo de no producir porque lo único que consigue tu cabeza es pensar de más.
Cada noche vas durmiendo menos y a penas consigues descansar. Vas dejando de comer y ya no encuentras horas para hacer deporte. Te pasas todo el día encerrado en casa y no consigues ni siquiera 30 minutos para caminar por el pasillo o para hacer unas flexiones. Te pasas encerrado en tu habitación casi todo el día. Sólo sales para comer y para alguna tontería más.
Es entonces cuando tienes que parar. Darle al pause, reflexionar y reiniciar.
De aquí en adelante voy a explicarte cómo yo he conseguido salir del pozo. De ese en el que nunca creí que entraría, pero en el que al igual que muchos acabé cayendo.
Lo primero de todo es aceptar que está bien no estar bien. Que puedes dejar del lado el fingir que todo va bien y el que cada vez que te pregunten no tienes que decir que estás bien si realmente no lo estás.
Para eso es importante que estés bien rodeado. Que tengas uno o dos amigos o familiares a los que llorarles y con los que desahogarte. Gente a la que de verdad puedes decirles que estás mal. Mal de cojones.
El segundo consejo es que te sientes delante de un folio y escribas lo que estás haciendo estos últimos días. Los trabajos que estás intentando completar y la fecha de entrega. Es muy habitual en estos casos (según he podido hablar con gente que sabe más del tema que yo) que, en momentos de estrés máximo, de agobio y de ansiedad perdamos la perspectiva y nos desordenemos. Mira a tu alrededor. Probablemente tu ordenador sea un jaleo. Es posible que hayas acumulado archivos y mas archivos que campan sin orden ni concierto por el escritorio. La mesa de tu cuarto está llena de papeles y te cuesta cada vez más encontrar las cosas.
Escribir todo por lo que estás pasando te servirá para poder organizar tu mente y con ella, tus acciones. Escribe cómo te sientes. Lo que te agobia y lo que no te deja dormir.
Tómate uno o dos días libres. Dos días sin móvil o por lo menos sin nada que tenga que ver con la universidad, el trabajo o a lo que sea que dediques. Es probable que al principio te cueste. Que tengas el instinto de mirar el correo, el grupo de clase o de preguntar a tu grupo a ver cómo van con ese trabajo que tenéis que entregar. Puede que incluso te sientas culpable por no estar haciendo nada mientras tus compañeros siguen estudiando.
Lo importante aquí vuelve a ser ordenarte. ¿Sabes cuando se te rompe el ordenador y lo apagas y enciendes? Pues es momento de que te apagues. Que dejes que todo lo que hay dentro de ti se enfríe y repose. Que tu mente se calme para poder volver a empezar.
Para ello, no hay mejor herramienta que dedicarte dos para ti mismo. Días de leer, de escuchar música, de mirar videos, de dibujar o de cualquier cosa que realmente te haga feliz.
Cuando hayas sentido que has recuperado fuerzas o que empiezas a estar preparado vuelve a sentarte delante de un folio, pero esta vez para organizarte. Escribe nuevamente lo que te queda por hacer y cuándo tienes que entregarlo.
Al día siguiente al levantarte planea tu día. Empieza poco a poco. Ponte sólo 2 o 3 tareas para cumplir. Según vayas cogiendo ritmo podrás ir añadiendo más. Es mejor que en estos primeros días te metas a la cama sabiendo que has sido capaz de cumplir todo lo que te has propuesto para el día. Si te pides demasiado tienes dos opciones. Que te vuelvas a meter a la cama muy tarde y no descanses o que, aunque te metas a la hora normal tu cabeza no deje de pensar en todo aquello que tenías que haber hecho y tampoco consigas descansar.
Poco a poco vuelve a coger la rutina. Fíjate horarios para comer, para dejar de estudiar o de trabajar, para hacer deporte y desconectar. Pero sobre todo cúmplelos. No hay excusa que pueda impedirte dejar de trabajar. Créeme, ese trabajo que estás haciendo a las 11 de la noche puede esperar a que lo termines al día siguiente a las 9 de la mañana. Además, a la mañana estarás descansado y con la mente más fresca así que lo que hagas será de mejor calidad.
Ya para ir terminando quítate de la cabeza el estigma de que cada día has de ser productivo. Habrá días en que no salgan las cosas y no pasa nada. Llegarán otros mejores. Otros en los que los balances por fin te cuadren y en que memorices las diapositivas sin tanto problema.
No necesitas aprender un nuevo idioma ni a tocar un instrumento. Si puedes, adelante, vete a por ello. Pero no te lo pongas como una obligación que te frustre de no conseguirlo.
Y, sobre todo, y con esto termino, si necesitas ayuda pídela. Pero pídesela a alguien que sepa. A un psicólogo o a un psiquiatra. No tengas miedo de decir que estás mal. Es humano estar mal y seamos sinceros, si estás leyendo esto la probabilidad que hay de que seas humano es bastante alta.
Para cualquier cosa puedes escribirme en redes sociales o en guillermomartin@opendeusto.es además de en los comentarios de este post.
Un abrazo!
Hola Guillermo, solo decirte que, aunque no esté muy agobiado me han parecido unos consejos útiles y muy buenos que desde luego que usaré si me encuentro en una situación parecida. Gracias de nuevo por lo de Hagamos un Cambio, que fue un éxito en parte gracias a vosotros. Un abrazo y cuídate mucho.
Me gustaMe gusta
Hola Alfonso! Me alegro mucho de que te haya parecido útil! Ya sabes que donde encontrarme para cualquier cosa! Un placer haberte ayudado con lo de hagamos un cambio! Un abrazo!
Me gustaMe gusta