EL TRABAJO MÁS GRATIFICANTE QUE PUEDES TENER.

Voy a ofrecerte un trabajo. Un trabajo vitalicio y sin sueldo. ¿Tu horario? 24 horas al día 7 dias a la semana. Sin posibilidad de vacaciones. ¿Así visto no suena interesante verdad? Sin embargo, millones de personas se han presentado al proceso para ocupar este puesto. La mayoría lo han conseguido y es que tiene una disponibilidad infinita.

Es un trabajo complicado, pero, no requiere saber Inglés ni Francés, tampoco requiere una gran nota media. Pese a lo que pueda parecer, la tasa de abandonos es mínima y casi el 100% de los contratados son felices. En gran parte gracias a esta oportunidad. Para todos los nuevos empleados un antes y un después en sus vidas.

Te presento uno de los mejores trabajo que vas a encontrar. Ser madre/padre.

No importan los disgustos que te lleves, el orgullo y la emoción con con los pequeños avances de tu hijo te harán olvidar los malos momentos. Sus primeros pasos sin ayuda, la primera palabra, un título a nivel deportivo o académico…

Un trabajo con duras condiciones que pese a todo miles de personas deciden empezar cada día.

DEDICADO A LA MEJOR MADRE DEL MUNDO ENTERO. MAMÁ, GRACIAS POR TODO. VA POR TI!

Llenando currículums & pasaportes.

No es solo una canción, es el recuerdo que te trae. No es solo un banco, son los momentos vividos en él. No es el sitio en sí, es el trasfondo que tiene para ti. Tu curriculum de la vida. En él se graban los momentos vividos. El que de verdad importa.

La vida consiste en vivir aventuras que te llenen. Ir generando recuerdos que revivir años más tarde. Recuerdos que te hagan sonreír cuando pienses en ellos. En definitiva, vivir el mayor número de aventuras de la mejor manera posible.

No se trata de ser  seres vivos sin vida, perderse en la rutina, no pensar y no hacer; en definitiva, no vivir. «Solo tenemos una vida, pero si la vives bien es suficiente» y esto es lo que hemos de hacer. Vivir. Y estas vivencias dejan recuerdos. Unas memorias que de repente años más tarde sin saber por qué recuerdas y revives.

Poco a poco pasan los años y vas completando los sellos de tu pasaporte, este tiene una gran ventaja respecto al de tu país. No caduca. Es un pasaporte que has de llenar a lo largo de toda tu vida. Desde que naces, hasta que mueres.

Pero de repente, un día se te ocurre echarle un vistazo y te das cuenta de que está lleno. Entonces, dejas de seguir añadiendo nuevos momentos, dejas de vivir nuevas aventuras, viajes, carreras o proyectos, y es en ese momento en el que estás perdido.

Te acomodas, pasa el tiempo y acabas apalancándote. Vives a base de cosas que solo te aportan un placer que solo dura unos segundos, quizás minutos, horas o días. Pero un placer que se acaba. En definitiva, dejas de vivir.

SIGUE COMPLETANDO TU PASAPORTE, TU CURRICULUM O COMO QUIERAS LLAMARLO,¡ SIGUE VIVIENDO Y DISFRUTANDO!

BASTA YA DE CARETAS.

Y si las cosas no van bien no soy capaz de ponerme una careta, sonreír y hacer como que no pasa nada. No soy así

Eso, ya lo hice y no sirve de nada. De hecho, no hace más que agrandar el dolor puesto que, como nadie sabe que estás mal no se preocupan por ti. Es lógico, no tienen motivos para preocuparse.

Y llega un día en el que no puedes más. Explotas. Hay muchas formas de explotar. Explotas tirando una pelota con todas tus fuerzas en el entrenamiento, sigues callado y te explota la cabeza de tal modo que te ves a las 2 de la mañana ingresado en un hospital con calmantes.

Todo por callarte más de lo que debías, por no soltarlo. En parte por no tener con quien soltarlo. Es probable sin embargo, que unas semanas más tarde estés en la misma situación, repitiendo los errores que juraste nunca más cometer.

Que difícil es decir adiós

Y llega un momento en el que tienes que decir “Adiós”. Y qué duro es ese momento. La incertidumbre de que será del que te dice la misma palabra. El no saber cuándo volveréis a encontraros. “Hasta pronto” decís los dos convencidos. Sin embargo, en el fondo sabéis que es muy posible que no os volváis a ver hasta las mismas fechas pero del año siguiente.

Que tristes son las despedidas. Ese sentimiento de bajón que te va entrando poco a poco según vas despidiéndote y luego caminas solo a casa. ¿por qué no podemos seguir todos juntos? Malditas despedidas. Y maldito todo lo que estas conllevan. Puedes mantener el contacto por teléfono. Pero, nunca será igual.

Unos días después se te olvida y vuelves a entrar en la rutina. Pero sin saber cómo ni porqué unos meses más tarde, cuando estás de exámenes, agobiado… te acuerdas de los momentos vividos.

Curioso, mientras escribo estas líneas en la radio suena música triste. Ellos también saben que esto se está acabando. Buscas darle la vuelta aunque sabes que no es posible. Solo queda esperar. Esperar y volver a estar todos juntos el año que viene.

Si te deja pena significa que ha valido la pena. Que han sido unos días muy buenos, o lo suficientemente buenos como para querer más. Los planes tal vez, quizás sea el salir de la rutina, pero seguro que la compañía han hecho de estos días unos días irrepetibles.

Una Semana Santa especial. 

Viernes de dolores. Ha llegado ese día. Momento de reencuentros. Momento de nervios. ¿Me entrara el hábito? Los zapatos… ¿Dónde los he dejado? ¿Y los guantes? Corres a la sede. Misma hora de años anteriores y como siempre, llegas tarde. La gente te mira por la calle y es que llevas en una bolsa un cono extraño. Cono al que nosotros, los cofrades llamamos capirote. Cono que nos convierte a todos en iguales. 
Llegas a la sede. Ves a Pablo, a Álvaro, Helena y todos con los que año a año compartes esta semana. Como cada año hay gente nueva. Poco a poco buscas entre ellos a los que son de tu edad. Hablas con ellos. Y es que si estás ahí es porque quieres. Porque compartes una misma fe. Te vistes, como siempre corriendo bajas a la iglesia. Dicen unas palabras, coges el farol, la vela o la cruz. Lo que te toque llevar cada día. 

Sales a la calle, la madre que busca al niño, El Niño que busca a su madre. El padre que encuentra a la hija. Te bajas el capirote. Esto ya está a punto de empezar. Te colocas en la fila, ultimas los detalles. Te atas la cuerda de la que colgaras el farol. Compruebas que la vela tiene mecha. Buscas a tus amigos para ponerte cerca y oyes el primer redoble del año. Pelos de punta. Esto ha empezado. 

Caminas por las calles de Bilbao. Vas mirando a los que año tras año abarrotan las calles. El Niño pequeño que tiene miedo. El que juega con su tambor de juguete. El que habla con sus padres sobre qué banda toca mejor. La anciana que se santigua al ver pasar la cruz. El hombre al que le brillan los ojos de la emoción. Van pasando las horas. Se empiezan a juntar el hambre con el cansancio y a ellos se les une el sueño. Mezcla explosiva. 

Acaba la procesión. Vuelves a la sede. Suena la Marcha Real. Ves al estandarte pasar. Estandarte al que de niño acompañabas y que probablemente en unos años lleves. Aplausos de los espectadores. Te quitas el capirote. Te echan la bronca por quitártelo antes de entrar a la sede. Tienes la marca de la goma perfectamente dibujada en la frente. Pelos de loco, ganas de ir al baño y cansancio. Mucho cansancio. 

Dejas la vela, suerte si no te toca subir a dejar un farol. Oyes cómo caen algunas. Sabes que esas son las que al día siguiente no tendrán mecha o gotearán. Habrá que estar más atento. 

Día tras día, año tras año. Una semana especial. Momentos irrepetibles e inolvidables. Momentos que te marcan.