Ver como el sol se posa todo lo lejos que alcanzan tus ojos y sentir que atisbas una fotografía recién sacada del carrete de aquella cámara que por fin decidiste revelar.
Pasarte todo el día enfundado en tus chancletas, que las alpargatas sean tu prenda de gala y que la cerveza y el tinto de verano compongan una parte esencial de tu hidratación. Que el jamón sea un indispensable de tu comida y que en el mercado de abastos celebren que estás de vuelta.
El desayuno y esa tarta sin gluten que tanto extrañabas. El helado después de cenar. Mirar por el balcón y escuchar el silencio. El olor a no tener que hacer nada. La temperatura perfecta sentado en esa terraza mientras simplemente ves el tiempo y la vida pasar. El sentir que por fin no tienes prisa. Los únicos madrugones del año que ilusionan. La arena fría por la mañana mientras el amanecer calienta tus mejillas. El paseo en silencio con tu padre y decirte todo a través de la mirada. El guardar todos estos momentos en tu retina mientras sientes como tus baterías poco a poco se van cargando. Que la vitamina D haga su magia. El sentir que todo pasa, y que la paz, aunque sea solo por un rato, también puede existir
21 de junio. Escrito en la cama después de un día largo en la oficina mientras romantizas aquello que sabes que pronto llegará