Y un año más, sentado, esperando a que pasen los minutos para embarcar en el avión que me devuelva a la isla. Es momento de parar, cerrar los ojos por unos minutos y reflexionar sobre otro verano más.
Este, como no podía ser de otro modo, también ha sido una montaña rusa de emociones y de sentimientos. De los abracitos de Juan y de Coco, de cantarle nanas a la pequeña Ale mientras come y de mis primeros castillos de arena en muchos años. Volver a comer platos de jamón mientras veíamos el sol caer al fondo del horizonte en Doñana. La manzanilla y mi Cruzcampo sin gluten. Volver a vivir en traje de baño y chancletas.
Las lágrimas que este agosto también me quisieron acompañar y el, poco a poco, hacer las paces con las despedidas. Volver a pisar Madrid y que, sin duda, se sienta diferente. Pisar las calles y los bares a los que sabes que ya no volverás. Reflexionar sobre aquellas últimas veces que no supiste que lo eran hasta que ya habían pasado.
Las 13 horas de avión a México, el retraso que haría que perdiéramos la escala y la majestuosidad del Chichén Itzá. Bañarte en un cenote y tirarte en un beach club a ver cómo bailan las aguas cristalinas. Volver a un todo incluido 20 años después: los mangos mezcalita, daiquiris y tacos, muchos tacos.
Reencontrarte con Lorea y celebrarle en un día tan especial. Los nuevos amigos y, quién sabe, si el billete de vuelta a España. Comer con Yul y pasear por Polanco. Caminar nuevamente por Madrid, pero esta vez un jueves a la 1 del mediodía.
Volver a sentir cómo te abraza la nostalgia. Otra boda… pero qué boda. Comer, beber, cantar, bailar; sobre todo, disfrutar. También tu primera postboda.
Seguir pensando que, al final del día, no es el sitio ni el qué, sino el con quién. Que aquello que pensabas al volver de Berkeley, que el precio de los buenos momentos son los recuerdos y, en muchos casos, las lágrimas que vienen con ellos, vuelva a convertirse en realidad.
En la sala vip del aeropuerto de Madrid a 6 de septiembre de 2026